miércoles, 14 de abril de 2010

La nueva agenda que prepara Washington

EL DEBATE POR LAS REFORMAS ECONOMICAS DE LOS 90 EN AMERICA LATINA

John Williamson, el ideólogo del "Consenso de Washington", admite los errores y aciertos del modelo neoliberal de los 90.

CLAUDIA BORAGNI.
Si hay algo que enfurece a John Williamson es que lo acusen de "neoliberal".

"Mi perspectiva intelectual sólo se nutre del legado de John Locke, Adam Smith y John Stuart Mill; pero desde que descubrí que el neoliberalismo es el conjunto de doctrinas económicas adoptadas por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, en los 80, comprendí qué era aquello que escandalizaba tanto a la gente", dice Williamson, casi a modo de disculpa.

John Williamson es el economista inglés que en 1989 elaboró el Consenso de Washington, un decálogo de medidas para América latina, basado en el modelo de equilibrio competitivo de la economía de mercado que, en la década del 90, operó en los países de la región bajo una fórmula infalible: Estado mínimo y mercado libre, sin trabas.

Esta vez, Willliamson vuelve a la carga con "After the Washington Consensus: restarting growth and reform in Latin America" ("Después del Consenso de Washington: recomenzando el crecimiento y la reforma en América latina"), el libro que acaba de publicar junto al peruano Pedro Pablo Kuczynski en el que postula una nueva reforma económica para la región. Algo así, como el "Consenso de Washington, segunda parte".

"Este Consenso no es el mismo que el que formulé 14 años atrás. Algunas reformas que entonces parecieron importantes, como la apertura a la inversión extranjera o la liberalización del sistema financiero, no fueron incluidas en la nueva agenda", le dice a Clarín desde Washington, mientras ultima los detalles de su próxima visita a Buenos Aires, prevista para el 3 de abril próximo.

Cuando John Williamson lanzó su manifiesto de ideas —avalado por Stanley Fischer (FMI) y sus colegas economistas del Tesoro norteamericano: Robert Rubin, primero, y Larry Summers, después— arreciaron las críticas en su contra.

El primero en tirar la piedra fue Joseph Stiglitz —el premio Nobel de Economía— que rotuló al Consenso de "fundamentalismo de mercado".

En realidad, Stiglitz basó sus apreciaciones en las recurrentes crisis financieras en las que se vio envuelta la región en los 90 (México, en 1994; Brasil, en 1999, y Argentina, en 2001), sólo por responder a los mandatos de Washington y de sus organismos internacionales de crédito, especialmente del FMI y el Banco Mundial.

"Presumo que mis oponentes pensaron que podrían desacreditar el programa, asociándolo a las estúpidas ideas del entorno, como el fundamentalismo de mercado", le dice Williamson a Clarín en clara alusión al profesor Stiglitz. "La nueva agenda de Washington representa nuestras opiniones y no es una ilusión", explica. "Estamos preparados para incluir temas como la distribución del ingreso, un tópico sobre el que la administración de Washington tiene un punto de vista al que yo considero primitivo".


Esta vez en "After the Washington Consensus..." Williamson arrastró a varios analistas de América latina que reflejaron su ideas sobre el "Consenso II"; entre ellos, los argentinos Daniel Artana, Roberto Bouzas, Ricardo López Murphy y Fernando Navajas.

"Este es un trabajo que refleja las opiniones de todos, pese a que los autores han omitido que se trata de un consenso", aclara, como para despejar dudas.

Williamson cree que esta vez los países de América latina deberán hacer un mayor esfuerzo para tornarse invulnerables frente a las crisis.

"Tenemos muchas sugerencias sobre cambios en el sistema; sobre todo, la necesidad de frenar gastos en los buenos tiempos, cuando los mercados de capitales internacionales confían su dinero".

Los tres pilares del Consenso I, la austeridad fiscal, las privatizaciones y la liberalización de los mercados, no parecen haber sido las mejores recetas para América latina. Los detractores de Williamson, como Stiglitz, argumentan que en algunos países las privatizaciones alentadas por el FMI no constituyeron una palanca para el crecimiento, y sostienen que los programas de austeridad de ese organismo de crédito desembocaron en tasas de interés tan altas ("a veces superiores al 20%, 50% y hasta 100%", dice Stiglitz) que la creación de empleos y empresas hubiera sido imposible, aún en un contexto económico propicio.

Williamson contraataca: "No acepto el argumento que dice que la mayoría de las privatizaciones no funcionaron en América latina. Al contrario, las evaluaciones más serias han concluido en que la mayoría fue benéfica para la gente y sus bolsillos. Desafortunadamente, hubieron casos en los que el proceso de privatización fue corrupto, y a las empresas privatizadas se les permitió mantener una posición monopólica, sin regulaciones. Por estos casos, los programas de privatización se vieron desacreditados a la vista de algunas personas".

—¿Según sus críticos, la inversión extranjera no contribuyó a mejorar las condiciones de trabajo en América latina. ¿Usted que opina?—No hay ninguna evidencia de que la inversión extranjera haya empeorado las condiciones de trabajo. Al contrario, la evidencia sugiere que las firmas extranjeras proveen, normalmente, mejores condiciones de trabajo que las firmas locales. No sería realista esperar que estas firmas ofrezcan condiciones de trabajo idénticas a las de sus países de origen, tomando en cuenta que una de las razones para abrir empresas es el menor costo laboral.

—Sin embargo, en América latina el crecimiento no vino acompañado de una reducción de la desigualdad y la pobreza.

—En realidad, el desarrollo en América latina ha producido una caída de la pobreza a lo largo del tiempo. Pero esto no ha sido asociado a la mayor desigualdad. Los gobiernos que se preocuparon por la desigualdad fueron los populistas, cuyos planes de acción trajeron desastre a todos, incluyendo al pobre, del que decían preocuparse. Ahora que Brasil tiene un gobierno que se preocupa por la pobreza, ha puesto en claro que esto le concierne al que imperiosamente necesita. Estoy esperanzado en que Brasil se convertirá en un modelo sobre cómo reducir la desigualdad.

Williamson reconoce que si bien el Consenso ensalzaba el desarrollo e incorporaba la cuestión de la privatización ("un aporte personal de Margaret Thatcher a la política económica", dice) omitía muchos otros principios del dogma neoliberal, como los recortes en el presupuesto para lograr la disciplina fiscal, la eliminación de los controles a los movimientos de capital, y tampoco apostaba por una moneda competitiva o por el aumento de la oferta monetaria a un ritmo fijo.

"En una palabra, si bien existían muchos puntos en común entre los neoliberales y el resto de Washington, esto no significaba que Washington y América latina suscribieran cualquier teoría quijotesca alentada por Friedrich Von Hayek y Milton Friedman o cualquiera de sus discípulos políticos", argumenta.



La crítica de Meltzer

Allan Meltzer, el economista republicano, que junto a Stanley Fischer y a Richard Feingberg dio en 1989 el visto bueno a John Williamson para que llevara adelante su propuesta, ahora aporta sus argumentos en contra de los organismos financieros internacionales.

"El Banco Mundial necesita de importantes reformas; es burocrático e ineficaz", le dice a Clarín.

Contrariamente a la actual posición de Williamson y sus seguidores, Meltzer sostiene que pensar en un nuevo Consenso no es una buena idea. "El Consenso de Washington fue parte del programa del FMI y debería ser reemplazado por la línea de crédito contingente (LCC) por la cual los países sólo reciben asistencia en las crisis si siguen políticas sensatas".

Williamson cree que es probable que, actualmente, la opinión de las instituciones financieras internacionales sea menos homogénea que en 1989, cuando América latina estaba resurgiendo de la crisis de la deuda.

"En ese momento, las expectativas me parecían más positivas; en cambio, esta vez la situación me golpeó más. Si el FMI sólo es llamado después de que se ha desarrollado una crisis, entonces no tiene mucha alternativa para requerir o no austeridad, como condición para prestar dinero. Una crítica mucho más legítima al FMI es que no fue lo suficientemente enérgico en exigir a los países que restrinjan el gasto público en las buenas épocas".

—Ahora el FMI admite que la liberalización de los mercados de capitales y financieros contribuyó a las crisis financieras globales de los 90, ¿está usted de acuerdo con esa posición? ¿Qué es lo que se hizo mal?

—Sí, yo pensé que muchos países fueron más rápidos en liberar los movimientos de capitales, y creo que ese fue un factor importante que contribuyó a que surgieran crisis en los mercados emergentes. Otros países debieron haber seguido el modelo chileno e impuesto un encaje para frenar el ingreso de capitales.

—¿Por qué la austeridad fiscal y la liberalización de los mercados, aconsejados por el Consenso de Washington, no funcionaron?

—La austeridad fiscal es efectiva sólo cuando los países han sido austeros en los buenos tiempos. Esto les da espacio para los tiempos difíciles, pero es un desafío político que la mayoría de los líderes de la región, con excepción de Chile y Colombia, no han estado dispuestos a aceptar. Un problema general con los mercados libres en América latina es que los mercados nacionales son muy pequeños para una competencia fuerte. Esta es una razón muy importante para la apertura de las importaciones, para que exista una competencia leal y genuina. Pero esto requiere no sólo de tarifas de importación bajas, sino también de un tipo de cambio competitivo. El deseo de que los tipos de cambio estuvieran sobrevaluados fue una seria debilidad en los 90.

—Tampoco los bancos extranjeros han sido una garantía de estabilidad financiera, al menos en la Argentina.

—No es realista pensar que los bancos extranjeros están preparados para colocar sumas adicionales e ilimitadas de dinero en empresas locales cuando la situación de un país se torna difícil, especialmente si los bancos sienten que el gobierno está actuando arbitrariamente.

—¿Por qué se propuso la apertura de los mercados en los países en desarrollo cuando los Estados Unidos los mantuvieron cerrados? ¿Este hecho no fue observado por el Consenso de Washington?—Esta pregunta parece estar basada en dos apreciaciones erróneas. Primero, mi versión del Consenso de Washington evitó específicamente hacer un llamado a la apertura de las cuentas de capital, porque yo mismo no creo que este punto requiera de un consenso. Segundo, la pregunta parece indicar que Estados Unidos mantuvo su mercado de capitales cerrado, pero esto no es verdad. EE.UU. ha tenido abierta su cuenta de capitales desde 1945, excepto por los tibios intentos de limitar los flujos de capital hacia el exterior, por razones ligadas con la balanza de pagos, en los 60.

—Tal vez la economía de mercado requiera derechos de propiedad claramente establecidos y tribunales que los garanticen, algo que a menudo no existe en los países de la región.

—Estoy de acuerdo con que los derechos de propiedad que son vigorosamente ejecutados por cortes imparciales son un fundamento esencial de una economía de mercado. Esto fue reconocido en mi primera formulación del Consenso de Washington, cuando ponía el acento en este aspecto y pedía que se facilitara a los dueños de las empresas informales la posibilidad de obtener derechos formales de propiedad.

—¿Cree que en la Argentina la crisis fue mal manejada?



—No puedo imaginar que nadie no crea que la crisis en la Argentina fue mal manejada. La crisis fue postergada por largo tiempo, con lo cual el FMI y el gobierno comparten la culpa. El manejo inicial de la crisis y sus errores, como la pesificación asimétrica y la abolición de las leyes previas de quiebra bancaria hechas en ese tiempo, fueron exclusivamente responsabilidad del gobierno. Pero lo que no me quedó claro es por qué el FMI no firmó un acuerdo provisorio cuando el gobierno puso en marcha un programa económico.



Lejos del "laissez faire"

Williamson está lejos de creer que la política del laissez faire y el Estado mínimo

hayan sido un error de los 90. "Pienso que el Estado está sobredimensionado en la mayoría de los países latinoamericanos y que fue necesario reducir su rol y agrandar el del mercado. Sin embargo, nunca estuve a favor de un programa que minimice el Estado. Y por eso pensé que las acusaciones que recayeron sobre el gobierno de Fernando Cardoso de estar buscando este objetivo de minimizar el Estado, fueron deshonestas. La clave sería más bien un Estado inteligente: pequeño pero muscular, jugando un rol constructivo; estimulando y regulando el sector privado".

—¿Cuál debiera ser la nueva agenda internacional de América latina?

—Espero que América latina persiga la integración progresiva con Europa y continúe jugando un papel positivo en la búsqueda de un área de libre comercio de las Américas (Alca) y del resto del mundo.

Ahora, mientras desde el FMI Horst Köhler pronostica una recesión económica mundial, tras el ataque aliado contra Irak, Williamson dice esperar que el conflicto no tenga profundas repercusiones sobre América latina.

"Los dos mayores riesgos son: el precio del petróleo y la aversión de los inversionistas, pero la evidencia es que el precio del petróleo no se irá a las nubes y los inversores no verán a América latina más riesgosa debido a lo que pasa en Irak".

Tal vez porque lo enfurece que lo tilden de "neoliberal" Williamson verbaliza un deseo: "Espero que salgamos del término Consenso de Washington. Personalmente, creo que existe una extensa agenda, como hemos tratado de desarrollar en nuestro nuevo libro. Esto no le debe nada a la guerra con Irak, la cual espero no sea un factor de debate en las políticas que deberían continuar en la región".



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